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¿De qué vale ganar el mundo si perdemos nuestra alma?
Solo el gimnasio -si hablara- podría contar cuánto tiempo pasaba Juan Carlos Pedraza ejercitando su cuerpo. Y si por alguna extraña circunstancia los espejos pudieran revelar infidencias, referirían las horas que pasaba este joven admirando sus músculos y pensando que definitivamente, no había nadie igual que él en toda la universidad.
No que fuera perjudicial o contraproducente un poco de ejercicio, lo que sí estaba mal es que cambió su Biblia por una colección de todas las revistas de culturismo que llegaban a la ciudad. Además, el botiquín se llenó de medicamentos de catálogo, considerados eficaces para modelar el cuerpo.
Juan Carlos hizo de sí mismo un ídolo. Pero la vida le jugó una mala pasada. Cierto día al regresar de sus clases, un vehículo atropelló la motocicleta que conducía. El accidente fue grave. Perdió la posibilidad de caminar. Hoy su familia lo sienta en el corredor de su casa, para que vea pasar los transeúntes. Transcurre horas y horas leyendo la Biblia. Volvió a la congregación. Sirve como ujier desde su silla de ruedas...
¿Ha pensado si este será su caso?
Recuerdo la historia de un multimillonario griego, que puso sus ojos en una de las mujeres más refinadas de la sociedad norteamericana a la que se fijó la meta de conquistar. La hizo su esposa. Pero su vida no era feliz. La buena relación con uno de sus hijos, se rompió abruptamente con un accidente aéreo que segó la vida del joven. Y seguía sin ser feliz. Cuando terminaba sus días, una enfermedad incurable acabó de restar tranquilidad a su existencia. De nada sirvieron ni la posición social ni la solidez económica.
Ahora, no que estos dos elementos no tengan importancia, lo que ocurre es que decenas de personas en todo el mundo desgastan toda su existencia agotando sus fuerzas en cosas materiales aun cuando sus vidas se convierten en un verdadero callejón sin salida.
El Señor Jesús reflejó este drama en una hermosa parábola que registra el evangelio: Refiere la historia de un hombre que prosperó económicamente. Era su gran sueño, su meta de toda la vida. Y cuanto tuvo lo suficiente, pensó ensanchar el negocio, construir nuevos depósitos: "...donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida. Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?". Así sucede al que acumula muchas riquezas para si mismo, en vez de ser rico delante de Dios"(Lucas 12: 13-21).
La vida no la tenemos asegurada. En cualquier momento puede llegar el fin. Y no habrá tiempo para arrepentirse ni caer en lamentos. Será un paso definitivo a la eternidad. Es una etapa ineludible para absolutamente todos los seres humanos.
¿Qué ha hecho hasta hoy con su vida?¿Puede decir que goza de la vida o por el contrario, que pese a la disponibilidad económica no hay tranquilidad en su existencia?¿Piensa seguir igual en los años que le restan? Usted está anhelando algo más. La rutina le cansó. Desea ir más allá, encontrarle sentido al diario vivir.
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